
Aquellos que cada domingo se golpean el pecho en misa de doce mientras mandan mensajes a la compañera con la que ponen los cuernos a su mujer; aquellos que maldicen la homosexualidad mientras salen agazapados de los garitos gays; aquellos que predican la caridad y que con la limosna diaria lavan su sucia conciencia usurera, a la vez que desean en el hemiciclo del Congreso que se jodan todos los parados; aquellos que creen que Dios nos da la vida para que iluminados como ellos nos conduzcan como rebaños por el sendero de su mezquindad, son los que hacen que mire a las mujeres de mi vida y no pueda hacer otra cosa que agachar la cabeza.
Llenen sus casas de engominados niños con pantalón corto y camisa blanca, paran con dolor cuantas veces quieran, alumbren el futuro rancio de este país cada nueve meses, den a luz hordas de felices de ‘boy scout’ y llenen sus colegios y universidades privadas de la ética impostora de su vientre. Pero háganlo ustedes, y mientras, dejen que nosotros llenemos de bastardos el mundo y que las mujeres libres decidan si quieren parir o no; porque por mucha ley que promulguen no podrán acabar ni con la voluntad ni con el sentido común; las mujeres que no deseen tener su hijo abortarán y las que quieran dar a luz seguirán haciéndolo, pero sin consultar antes el Código Penal.
Así, sigan legislando y ganándose un hueco en su divino paraíso mientras que nosotros hacemos felices nuestros cada vez más ácratas corazones... hasta que nos coman los gusanos.