
Y no hay nada más triste que ser expulsado de tu tierra contra tu voluntad, sin saber siquiera si tu destino será acertado, si encontrarás lo que aquí te niegan los lameculos profesionales e indignos de la política patria, mientras aflojan cada día un punto más de su cinturón porque van a reventar henchidos de soberbia y miseria moral. ¡Qué razón lleva mi querido amigo Jose, cuando afirma que se acabó la clase media, que ya han vuelto a ponernos en nuestro sitio para mantener su opulencia! Fuimos clase media mientras servimos a los poderosos. Ahora hibernan mientras volvemos a nuestra miseria, para después volver a florecer en la usura.
Sé que son muchos más, que cada día cientos de españoles toman la decisión de abandonar su hogar. Pero a mí me duelen estos cuatro. A vosotros os dolerán otros. Y finalmente, no seremos (otra vez), más que un pueblo dolido de ausentes, un país de ausencias y tristezas. Quieres gritar, armar tu rabia con cañones, obuses y misiles, pero hay días, meses, años, décadas, en que la tristeza y la pena no te dejan batallar. Nunca hubo un David que abatiera a Goliath. Marcharán pues, soñando cada noche con el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando su retorno. Y tú serás el siguiente y yo seré el próximo. Y tal vez volvamos, pero con la frente marchita y las nieves del tiempo plateando la sien.
Sólo a veces, cuando la tristeza desdibuja el presente, no ha lugar para la lucha, para la rebeldía, para la contestación. Sólo para el llanto. Pero sólo a veces.